VILLA DE LEYVA, 435 AÑOS
Tina Alarcón
Aquel día…
Hace 435 el presidente Andrés Díaz Venero de Leyva no soportaba mas las quejas que llegaban de Santiago de Tunja. Los españoles, ya poco involucrados en los oficios propios de la Conquista, se habían dado al pillaje y al desorden. Había que aquietar a la soldadesca. Fueron varios los ahorcamientos y muchas las amenazas que revertían contra los encomenderos que trataban de hacerse, a toda costa, a una nueva vida. El tiempo sólo acrecentaba los problemas. Desde Bogotá, el presidente, ordenó fundar un par de ciudades cercanas y dependientes de Tunja, con el fin de darle solar a los necios y recuperar la paz en el territorio. El encargado fue el capitán Hernando Jiménez de Villalobos hizo lo así el corregidor luego que recibió los despachos, y tomando la vuelta del poniente de la ciudad… llegaron al valle que llaman de Saquencipá, por un pueblo de indios de ese nombre, que estaba poblado en él, cuatro leguas de la ciudad a la parte dicha, tierra más llana que doblada de lucido migajón, buen cielo y temple. Y fue así como el 12 de junio de 1572 se dio por fundada la villa de Santa María de Leiva. Lo que parecía dispuesto para que en el valle de Saquencipá corrieran ríos de miel y vida tomó otros rumbos. El idilio nunca fue real, pues la fundación de Villa de Leyva, entre otras cosas, jamás estuvo ajustada a las Leyes de Indias de Carlos V. Los dominicos doctrineros que ya hacían su labor en estas tierras, no avalaron la creación del pueblo, bien conocían cuantos atropellos se habían cometido contra los indios. Desde entonces son mas los que sueñan con una vida tranquila, en la cual se valore su historia, su biodiversidad, sus tradiciones y su enorme riqueza paleontológica.
La Villa hoy
La historia del pueblo ha sido inventada, en muchos de sus tramos, por la necesidad extrema de hacerla vanamente importante, sacrificando, muchas veces, la sencillez de su belleza y la gallardía de sus pobladores. Ni blasones ni virreyes. Hubiera bastado con recordar que aquí don Juan de Castellanos escribió muchos de los versos de las Elegías de Varones Ilustres de Indias, habría sido suficiente con pensar que sus trigales abastecieron a todo el Nuevo Reino de Granada. Su verdadero valor, a través, de lo siglos está en la magia de sus cielos, en maravillas del desierto, en lo sagrado del cerro de Iguaque, en el amor a la Virgen del Carmen. Cuando a finales de los años 50 del siglo pasado fue declarada Monumento Nacional, el ritmo en sus calles tranquilas empezó a cambiar, y no siempre para bien. Dualidades difíciles de encarar. Se le dio la bienvenida al turismo y poco a poco Villa de Leyva se fue consolidando, no sólo como buen destino, sino como el hogar de centenares de personas de todas partes del mundo, dispuestas a trabajar y a crear a la vera de esas ariscas breñas que hace mas de 400 años, los españoles vieron como una tierra buena, tierra para hacer perpetua casa.
Villa de Leyva es hoy uno de los lugares más cosmopolitas de toda Colombia. En el marco de su Plaza Mayor hay un bar donde sólo se habla alemán, los franceses llevan muchos años dedicados a los supremos misterios de la buena cocina y la mejor panadería. Un italiano empezó con el tema de la pizzerías y sembró una buena semilla. Una austriaca prepara, semana a semana, decenas de strudels de manzana, los mejores de todo el país. Un español consolidó un restaurante que aún hoy sigue siendo leyenda y los kibbes de Zarina son tan buenos como los de cualquier abuela libanesa. La influencia extranjera se unida a lo regional ha generado una oferta que es buscada ávidamente por el visitante. El problema mañanero es escoger si se desayuna uno con una mogolla de Doña Aleja, con un croissant de almendras de Patrice o con una arepa de Doña Flor. Aunque se da una gran volatilidad en muchos negocios, sobreviven aquellos que ofrecen calidad y respeto por el cliente. Al asumir los retos que van implícitos en un desarrollo turístico no se puede olvidar que hay un compromiso social interno muy grande que debe buscar antes que nada el bienestar de cada uno de sus habitantes y muy especialmente el de su juventud.
Es cierto que en muchos momentos se palpa una delicada desunión entre raizales y vinculados, los estigmas no son fáciles de superar. No todos los que llegan se esconden tras una cortina de árboles para herir de muerte a la Plaza Mayor, ni todos los propios piensan, que por ser precisamente propios, tienen patente de corso. Para ser importantes no se necesita de falsos mármoles, ni de edificaciones de tres pisos. El verdadero valor está en la tranquilidad sus calles, en sentarse en los escalones de la Plaza, en darse una vuelta por el Jardín de los Pintores o en ir a descubrir la belleza de sus veredas.